El mercado y su belleza
César Eduardo Gómez Hoyos
En el mundo se concibe y relaciona la belleza con la felicidad. Se tiene una concepción de que aquella persona bonita es feliz. Sin embargo, esto no ocurre solamente en lo social con las relaciones interpersonales, sino también en la economía.
En el mercado laboral, por ejemplo, existen una serie de estigmas hacia las particularidades del físico de las personas dependiendo del cargo a desempeñar: las presentadoras de televisión son, generalmente, delgadas, altas, con cabello largo y sonrisa amplia. Además, si uno se encuentra en la calle una persona vestida con ropa formal, inmediatamente relaciona su vestimenta con la de un abogado o empresario y nos convencemos de que aquella persona es alguien exitoso. Sin embargo, no siempre es cierto. En el texto “La noche de los feos”, el autor Benedetti (1985) reflexiona acerca del ideal de belleza que tenemos en la sociedad al decir que “a veces me pregunto qué habría ocurrido con el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente” haciendo referencia al mito sobre Narciso, un joven bello que rechazaba a todas las mujeres y que al verse reflejado en el agua de un arroyo se enamoró de sí mismo hasta tal punto de tirarse al agua y dejarse morir ahí.
Ahora bien, Ainara Ciganda Goñi, máster en sexología y género, publicó un artículo en el que desarrolla y analiza el concepto de belleza interiorizado en el mercado desde la perspectiva feminista. Ciganda (2021) menciona que “en este sistema económico, la belleza se presenta como un producto resultante de numerosas cadenas de montaje, que perpetúa modos de ser de los cuerpos que priorizan la estetización”, expresando que el propio sistema ha creado un parámetro de belleza ‘ideal’ centrado en el aspecto estético; es decir, un producto exclusivamente físico. Además, Ciganda (2021) agrega que el sistema económico “exalta el cuerpo hasta convertirlo en mercancía y pasa a ser el medio principal de producción y distribución de la sociedad de consumo”, como crítica al sistema que ha instrumentalizado la belleza y la ha vuelto un producto que se ofrece en el mercado. Es curioso entonces, que, dentro de esta realidad plasmada anteriormente, la tendencia es hacia la cosificación de la mujer y las personas; es más alarmante aún, cuando el mundo en general parece seguir impulsando aquella senda: las marcas de ropa, por ejemplo, contratan modelos con cuerpos idealizados tanto en hombres como en mujeres. Los grandes empresarios generalmente tienen una secretaria o asesora con buen físico para atraer posibles clientes. La sociedad, por su parte, acepta de manera inconsciente aquella dinámica bajo la consigna fatalista de que el mercado ‘siempre ha sido así y nadie lo puede cambiar’. De esta manera se advierte que la esfera del mercado, la publicidad, el espectáculo y todos los demás aspectos visibles de la economía y el mercado laboral, han cerrado la puerta a las personas poco atractivas físicamente porque no crean una reacción positiva y confiable del consumidor hacia el producto o servicio a ofrecer. Por lo tanto, alguien feo es desafortunado y es un fracasado en potencia: suena cruel y burdo, pero es así. Pero alguien bello es capaz de desempeñarse en cualquier aspecto de la vida social y económica, porque su imagen se ve respaldada por el mundo del espectáculo y la sociedad confía en que alguien tan guapo no puede ser malo.
Además, cabe destacar que Benedetti (1985) establece un apartado que podemos usar como análogo a todo lo que hemos tratado a lo largo del texto, al mencionar que “a medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro” del resto de la sociedad cuando alguien por fuera de los parámetros de belleza se cruza en su camino y los visualizan con lástima, sorpresa o rechazo.
Finalmente, vale la pena cuestionarnos si estamos tomando el camino correcto como sociedad dándole tanta importancia al aspecto físico que, incluso, se ha interiorizado en nuestro sistema económico y ha ido moldeando nuestros deseos porque ‘queremos lucir como los de las fotos’, cuando nuestras cualidades no se limitan a unos ojos claros o un cabello perfecto, sino que trascienden hasta los rincones de las ideas y las buenas acciones. La perfección no es, precisamente, un sinónimo de felicidad.
Referencias
Benedetti, Mario (1985). La noche de los feos.
Ciganda, Ainara (2021). La belleza como nuevo sistema económico de represión
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